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El miedo enfrentado se convierte en valor

El miedo, que puede ayudarnos a salvar la vida, se convierte en algo patológico cuando supera un determinado umbral. Si el miedo se desboca, nos limita, nos bloquea y se convierte en enemigo, hasta el punto de llegar a tener miedo al miedo. Es lo que llamamos pánico.

Centrándonos en una de las patologías más espectaculares de nuestros tiempos, la forma en que se construye un ataque de pánico es lo que en la
Terapia Breve Estratégica nos guía para su solución. Pongamos un ejemplo:


“Imagínese que va tranquilamente por la calle, disfrutando del sol, de la brisa primaveral... No piensa nada en especial, su mente divaga. De repente, empieza a sentir calor y se pregunta por qué, sin encontrar respuesta. No ha cambiado nada, el mismo sol, la misma brisa... ¿qué le está pasando? Se le acelera el corazón e intenta controlarlo, pero no puede. Ante esta evidencia, se incrementa su miedo y su respiración aumenta, su garganta se queda sin aire: aparece el pánico. Definitivamente ha perdido el control. Acude a un servicio de urgencias ante el temor de un posible ataque cardíaco o... ¿quién sabe qué? El caso es que en este momento se ha quedado sin referencias, no tiene dónde agarrarse. Pero el médico le dice que no le pasa nada. Ni ataque cardíaco ni nada que se le asemeje. Es, simplemente, lo que se llama “ataque de pánico”


Frente a un peligro real, nuestro organismo se pone en marcha para desencadenar aquellas reacciones que a menudo nos salvan la vida y es, por lo tanto, un dispositivo natural que sería fatídico no poseer. Cuando nuestra mente confunde este mecanismo, sano y funcional, con algo peligroso porque se dispara fuera de su control, entonces es cuando empieza la escalada de sensaciones que nos conducen al pánico. Llegados a este punto, nuestro organismo ya no necesita estímulos externos
: LA MENTE PUEDE HACERLO TODO ELLA SOLA. Es suficiente una imagen mental para iniciar toda la cadena de sensaciones, emociones y reacciones físicas que nos llevan hasta el ataque de pánico. Un ataque de pánico se desencadena por el miedo a tenerlo. El pánico, en sus sensaciones físicas y psicológicas, se define como la consecuencia extrema del miedo

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el ataque de pánico es la patología que más está creciendo en el mundo. Un elevado número de personas lo ha padecido ya o lo padecen. Hay dos trastornos que son producto de nuestro tiempo y de nuestra manera de vivir: la depresión y los ataques de pánico.

Las estadísticas en el tratamiento de los ataques de pánico mediante la Terapia Breve Estratégica son muy buenas. Aplicando protocolos específicos, especialmente diseñados para esta patología, se resuelven el 88% de los casos en apenas siete sesiones, como media.


En todo el mundo se han tratado con éxito a más de 6.000 personas, a las que se hizo un seguimiento al cabo de seis meses y un año después de finalizar la terapia. Se comprobó que, en la mayoría de los casos, no hubo recaídas ni desplazamiento de los síntomas (aparición de otras patologías relacionadas).

La
Terapia Breve Estratégica trata de inducir al cambio de forma natural, haciendo que la persona experimente situaciones aparentemente casuales que, sin embargo, están perfectamente planificadas de antemano. El terapeuta trata de inducir en el paciente experiencias internas transformadoras para llevarlo a ser consciente de sus recursos y activarlos, es decir, se le lleva a actuar y a sentir para que aprenda a ver su realidad de forma diferente. Diseñando estrategias para solucionar sus problemas, a la persona se le hace sentir responsable de sus cambios.

Para los ataques de pánico, el remedio consiste en usar la misma dinámica del incidente que causa el problema, pero desplazando la atención del miedo a una tarea aparentemente más extraña, más complicada. Con la finalidad de sembrar en el paciente la idea clave de que
si él fue capaz de crear el problema es igualmente capaz de resolverlo, durante el proceso el terapeuta es sólo un acompañante, un consejero. La Terapia Breve Estratégica no se basa en el pensamiento, sino en la percepción, que siempre va por delante. Así, el cambio de la persona no lo da la conciencia adquirida, sino las estrategias realizadas.

La
Terapia Breve Estratégica se aparta de forma radical de los principios de otras psicoterapias conocidas pero, sobretodo, en lo que se refiere al elevado coste emocional y económico que estas conllevan.

Mercè Soriano, psicóloga colegiada número 4725

Àngels Fernández, psicóloga colegiada número 3384


FASAP PSICÒLEGS



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Cuando la comida es un problema...

CUANDO LA COMIDA ES UN PROBLEMA: UNA NUEVA TERAPIA PARA LOS NUEVOS TRASTORNOS DE LA ALIMENTACIÓN


El hecho de que los problemas puedan sufrirse, complicarse y persistir durante años, no significa que tengan que ser resueltos con soluciones sufridas, prolongadas y complicadas. Por el contrario, incluso las patologías psíquicas más severas pueden desbloquearse en tiempos breves si se encuentra la palanca adecuada sobre la que pulsar.



En nuestra sociedad occidental actual, en la que se consume la comida más por placer que por necesidad, se ha observado una sorprendente evolución de los trastornos de la alimentación. Éstos, como nuestra manera de comer, se han especializado, evolucionando hasta formas paradójicas y grotescas.

Ante la sustancial reducción del número de casos de anorexia puramente restrictiva, que durante tanto tiempo ha preocupado y ocupado a padres, educadores y profesionales clínicos, se observa una difusión epidémica de nuevas patologías, como el
síndrome del vómito (vomiting) y el atracón (binge-eating). Así, algunas jóvenes con una orientación bulímica o anoréxica, acaban por descubrir que cuando vomitan pueden mantener el control del propio peso sin renunciar al placer de la comida. Otras consiguen controlarlo mediante periodos más o menos largos de abstinencia, seguidos de fases de trasgresión intensa, durante las que se abandonan completamente al placer de los atracones. En ambos casos, las dos soluciones intentadas para controlar el peso (vomitar o abstenerse) se convierten en una “trampa” que alimenta lo que se tendría que reducir, que son los deseos irrefrenables de atracarse.


“sólo si te lo concedes podrás renunciar, si no te lo concedes será irrenunciable

Las personas afectadas por el síndrome del vómito empiezan a vomitar como solución para no engordar y poder seguir comiendo de forma desenfrenada. Pero después de un cierto período repitiendo esta estrategia, descubren el placer del ritual comer-vomitar, hasta que se vuelven verdaderamente sus esclavas. La ritualidad de esta compulsión irrefrenable por comer y vomitar se puede volver con el tiempo tan insistente que lleva a las personas afectadas a pasar días enteros comiendo y vomitando, alternando fases de atracones con las de expulsión, en una secuencia patológica aparentemente absurda.


En estos casos, de poco nos sirve apelar a la sensatez. La eficacia de la intervención estratégica consiste en transformar el “placer” en “tortura”, alterando la secuencia temporal del ritual. Así, sucumbiendo de forma programada a sus tentaciones, la persona descubre que es capaz de controlar lo que antes le resultaba incontrolable.


La última de las patologías alimentarias en aparecer, desde un punto de vista cronológico, es la que ha sido denominada con el término de
atracón (binge-eating), refiriéndose a un tipo de trastorno que consiste en la alternancia entre ayunos prolongados y atracones monumentales. A diferencia de las demás patologías, en ésta, la única conducta compensatoria de los atracones es el ayuno. Las comilonas típicas del atracón son enormes y recuerdan a las del síndrome del vómito, pero en lugar de ir seguidas de una práctica expulsiva (vómito), se continúan con fases prolongadas de ayuno, en un intento ilusorio de controlar el peso. Es precisamente el ayuno y las restricciones lo que desencadenan el impulso incontrolado de comer.


La terapia consiste en hacer que las personas que padecen este trastorno observen su problema desde una nueva perspectiva. Mediante estratagemas programadas se les hace tomar conciencia de que, cuanto más se abstienen, más peligro corren de atracarse. Se les lleva a experimentar que la mejor forma de control exige algún que otro pequeño descontrol, confirmando también las ventajas de sucumbir a las propias tentaciones.


En definitiva, tanto las personas afectadas de atracón como las personas afectadas de síndrome del vómito, viven su problema conscientes del hecho de que lo que hacen es por puro placer, al que han decidido rendirse, pero administrándolo. Su ilusión de poder controlar es, precisamente, lo que les hace perder el control. El arte de la terapia está en aplicar la estratagema adecuada que permita a la persona experimentar su propia capacidad de hacer lo que nunca conseguía, retomando las riendas de su vida y sus impulsos, sin un esfuerzo voluntario por su parte. En palabras de Paul Watzlawick:


la terapia tiene que producir “eventos casuales planificados” por el terapeuta, encaminados a la ruptura del anterior círculo vicioso entre el problema y los intentos fallidos de solución realizados por el paciente
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Mercè Soriano, psicóloga colegiada número 4725

Àngels Fernández, psicóloga colegiada número 3384

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El control demasiado conseguido....

El CONTROL DEMASIADO CONSEGUIDO: LAS OBSESIONES COMPULSIVAS

¿Quién, después de salir de casa, no ha dudado de haber dejado la luz encendida, el gas abierto, la puerta mal cerrada... y ha vuelto a comprobarlo?


¿Quién, ante la duda de no haber hecho algo bien, no ha controlado las acciones y tareas realizadas?

¿Quién, ante la posibilidad de haber tocado algún objeto “infectado”, no se ha lavado exhaustivamente las manos?

¿Quién, ante un examen importante, no ha rezado para favorecer el aprobado?

Estas acciones, aparentemente banales, pueden convertir la vida de una persona en una pesadilla cuando se ve abocada a repetirlas con una frecuencia cada vez mayor. Son lo que llamamos “esclavos del control”.


Las personas afectadas por un trastorno obsesivo-compulsivo tienen en común la puesta en práctica de rituales para combatir un miedo que, de otra manera, no podrían dominar o evitarían. De esta manera consiguen tener la sensación de controlarlo y, precisamente por esto, no pueden prescindir de los rituales. Están atrapados sin remedio por la ilusión del control.


Las acciones repetidas de forma continua y sistemática pasan a ser el verdadero problema, quedando el miedo que las originó relegado a un segundo plano.


Algunas veces estas acciones tienen un formato tan complicado que la simple comprensión de sus secuencias requiere un nivel de especialización insólito, comparable al de los rituales de iniciación a determinados cultos. Otras, se tratan de simples repeticiones o comportamientos inusuales. En cualquiera de los casos, se crea una dependencia que va más allá de los límites de la lógica.

Como la mayoría de las patologías, ésta absorbe los matices de la sociedad con la que interactúa y evoluciona en paralelo. No es de extrañar, que en los últimos años y como consecuencia de la nefasta evolución de la epidemia del SIDA, muchas personas hayan desarrollado un miedo irracional a contraerlo. En muchos casos, éste se expresa en una irrefrenable compulsión por evitar el contagio mediante continuos lavados y desinfecciones siempre que tienen la sospecha de haber prolongado un contacto peligroso.

Otro ejemplo, mucho más frecuente, son las personas que, ante la duda de no haber hecho algo bien, controlan y vuelven a controlar repetidamente sus acciones y las tareas realizadas, hasta convertir su vida en una cadena infinita de repeticiones, controles y rituales. En estos casos, lo que se observa como actitud y comportamiento reiterados no es sólo la tendencia al control, sino la formación de secuencias de rituales, de acciones o pensamientos, que tranquilizan a la persona respecto al éxito de sus acciones y tareas. Esta tendencia, en los casos más graves, conduce a una vida completamente salpicada de rituales. Es más, la misma existencia de la persona se transforma en un continuo ritual hasta el punto que estos pacientes ya no hablan de su miedo originario como problema, sino de su incapacidad para interrumpir las acciones a las que ellos mismos se han obligado.

En estos casos el intento de control parece tan exitoso que la persona no puede prescindir de él, incluso cuando éste no es necesario.

No todas las formas de trastorno compulsivo alcanzan efectos tan graves. A menudo se limitan a realidades particulares, vividas como responsabilidades. Es el caso del profesional que controla una y otra vez la corrección de su propio trabajo para asegurarse de la ausencia de errores, aunque dicho control ya lo hubiera llevado a cabo.

Si la persona que empieza a poner en práctica controles rituales consigue bloquear en el momento de su formación estas tendencias compulsivas, el problema no es grave, pero si avanza en esta dirección, bastan pocos meses para llegar a la constitución de un trastorno que para ser resuelto necesitará de una intervención especializada.

En la mayoría de los casos, las personas declaran ser conscientes de lo absurdo de todo ello, pero sus esfuerzos en limitar las compulsiones fracasan. Así pues, el tratamiento eficaz de este problema pasa por utilizar estrategias a veces realmente creativas, capaces de reorientar terapéuticamente los mecanismos que atrapan la voluntad de las personas. El objetivo de la terapia será devolverles la libertad perdida y el verdadero sentido del control.


Mercè Soriano, psicóloga colegiada número 4725

Àngels Fernández, psicóloga colegiada número 3384

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